lunes, 5 de noviembre de 2012

Cortito


Al principio deseaba el amor, así sin más, alguien a mi lado con quien hacerlo todo o no hacer nada

Después busque el sexo, sin amor, en habitaciones desconocidas, compartiendo un rato efímero

Ahora  quiero la complicidad de verme reflejado en otros ojos y hacer sonreír otros labios, busco la complicidad, el secretismo de haber compartido el día y algo más que el sueño en la misma cama.




jueves, 2 de agosto de 2012


La terapia me ha hecho ir hacia dentro, caer en el ensimismamiento. Al principio fue divertido, saberse el poseedor de un secreto interno. La sonrisa de superioridad que se dibuja en los cuadros de Da Vinci.  Con las manos hago un cofrecito y al separar los dedos pulgares miro hacia dentro lo que a nadie le dejare ver. Nadie sabe porque sonrío, nadie es dueño de mis pasos, ni de mis desapariciones. Me mantengo allí pero siempre alejado, donde sólo yo sé estar, poco a poco me convierto yo también en un secreto. Soy un laberinto Borgiano, que a veces camino en la oscuridad de mi propio ser. Doy vueltas, dos, tres, cuatro, cinco... pero a cada una descubro algo nuevo, otra forma de afrontar las cosas.
A veces odio todo y a todos, me descubro vanidoso y me asusta un poco. Me sobreinformo con las redes sociales y me da asco, me da ganas de vomitar y mandar todo eso que no necesito saber a la chingada. Cerrar todo y desaparecer del ciberespacio, no tener 20 notificaciones diarias, no ver todo, no asquearme, no fastidiarme, no odiar solo porque puedo hacerlo, no sobreexplotar el sentimiento, “Querido Alberto” de Los Punsetes.
El día me pasa entre el sudor de la hora y media de gimnasio, las hojas de los libros prestados llenos de cuentos latinoamericanos y el sonido de las películas francófonas que tanto me gustan.
El último pretendiente parece pajarito, con unos ojos dormilones.
Salimos por las calles de esta ciudad-desierto a gritar, a tratar de desempolvar las cosas. Con el sol ardiente sobre la testa y las gafas de sol puestas. Nuestras manos aferradas a la esperanza. En una región donde hace calor la mayor parte del año y la lluvia que cae es casi nula, es difícil hacer una primavera. A veces me llega la duda de lo imprevisible, me contagio del sopor que todos experimentamos entre las 4 y 6 de la tarde, y del que algunos nunca han salido. Pero tantas manos trabajando, tantas voces que se hace una sola, me han dejado gratas experiencias. Guardo en un atlas viejo que conservo de la infancia, los que algún día serán souvenirs de juventud: Panfletos informativos, carteles, trípticos, la foto que salió en el periódico donde marchamos mi hermana y yo, cacerola y pancarta en manos. Espero algún día de viejos verla junto con otras fotos y decir: “mira, cuando éramos jóvenes y teníamos ganas, cuando creíamos en algo”. Yo me siento feliz con las marchas, y me lleno de energía cuando vamos cientos de personas hacia una misma dirección, y se me enchina la piel cuando sucede ese mágico momento, en que siento que todo el mundo calla para oírnos y nuestras cientos de voces se hacen una. No lo hago por gloria, de hecho a veces llego a cuestionarme porque lo hago. Tal vez ni yo crea en todo lo que pregonamos, ni crea en el cambio de este sistema podrido, que con sus manos huesudas de viejo agonizante se aferra y nos rasga, nos hace daño. Lo hago porque me siento bien haciéndolo, trabajando, esforzándome aunque sea un mínimo. Porque tengo la necesidad de hacer y sentirme parte de este capítulo en la historia. Me gustan las reuniones en las plazas públicas, identificarme con los compañeros, sentarnos bajo la sobre del arbolote, reunirnos en alguna casa y reír, compartir nuestras vidas tan diferentes por un ratito.
El aleteo amarillo en una jaulita rojo corazón, que encierra el canto del amor de juventud. Dos fantasmas juguetean en el patio, son niños con barbas largas y cejas blancas de anciano que se corretean. El verde de las hojas que toman el sol y que yo veo cambiar, nacer y marchitarse.
Al final siento que estoy en un sueño y tengo más miedo de que se vuelva eterno, a que llegue a su fin y tenga que despertar con los ojos adoloridos de tanto dormir.

jueves, 21 de junio de 2012

Las fotografías de la casa

Recuerdo mucho la sala de la casa de los abuelos en la niñez. Era el mejor sitio para estar sólo, pues los niños siempre estábamos en el patio jugando y los adultos llenaban el comedor y la cocina. A la sala sólo se le presta atención un día al año, en diciembre cuando mi abuela hace rosario y tamales e invita a todas sus amistades.

Recuerdo sus sillones estilo francés con tapiz de flores aterciopeladas; las ventanas rojas de madera que daban a la calle y sus vidrios esmerilados; algunos adornos con estilo oriental sobre las mesitas en el rincón. La pintura de hace más de un siglo y medio de la virgen, imponente pero igualmente protector y maternal, que era el centro de la habitación. 

Me recuerdo de niño y vuelvo a sentir mis pies colgando de los sillones y el terciopelo de estos contra mi piel, viendo pasar la tarde  de domingo; el sol que se filtraba primero entre las hojas de los árboles y después por los barrotes de la ventana abierta de par en par. Era un buen refugio en invierno, tumbarse en los sillones a esperar que el sol entrara por la ventana y te calentara.

En las paredes de la sala también esta la historia de la familia. Están las fotos de boda de los bisabuelos, de los abuelos y de cada una y uno de los hijos de la abuela. Fotos de momentos importantes, de quienes ya se fueron, de los que alguna vez fueron familia y ya no lo son... todos enmarcado en madera y muy sonrientes para la cámara.

En el comedor hay una vitrina que dentro guarda los tesoros de la abuela: vajilla, recuerdos, botellitas de vinos y cognac, cartas, documentos... y pegadas en los vidrios, fotos de todos los nietos y bisnietos. Ahora somos tantos que prácticamente ya no se ve el interior y por fuera relucen todas las caras infantiles y sonrientes.

Las paredes del cuarto de los abuelos, que es uno sólo y muy largo, también guarda a la familia, parientes lejanos, un día de pesca, la abuela de niña junto a su hermano, una foto de mi madre de niña junto a su hermano mayor, primeras comuniones, retratos a blanco y negro.

Pero últimamente me di cuenta que las fotografías no cuelgan sólo de la pared, las fotografías andan por toda la casa, sobre todo cuando es cumpleaños de alguien o es algún día feriado. Cambian de ropa y de humor, de estilos de peinado, engordan, adelgazan, les salen arrugas.

Porque todos en esa familia somos fotografías, somos vistos como seres con una sola faz. Reproduciendo el sistema de familia tradicional, unidad, amor incondicional (e incomprensible), apoyo, buenas costumbres, patriarcado,  bien presentables todos. Somos fotos de papel y temo que nadie quiere ir mucho más allá de la sonrisa eterna.  A veces lo hacen pero con ciertos temas, hay cosas que jamás se tocarán.

No digo que no nos interesemos los unos en los otros, pero es que simplemente no hemos sido educados para pensar en los otros miembros de la familia como seres multidimencionales, universales, y por lo tanto nos cuesta mucho hacernos a la idea que somos personas que cogen, que se deprimen, que piensan, que sienten, que tienen mal de amores,que se preocupan, que pueden consumir drogas, que pueden tener preferencias sexuales diferentes, que pueden desear haber muerto, que lloran, que se divierten, que tienen pasiones, que tienen broncas... que son mucho más que una sola dimensión. Por selección sólo se tratan y se ven algunos temas, otros simplemente se ignoran sesgando la vida de cada uno, viendo sólo lo que se desea ver.

Inculcan el amor a la familia como si este fuera a darse inmediatamente, como si los lazos de sangre fueran suficientes como para sentir amor por alguien. No quiero ser injusto, están chapados a la antigua, somos una familia tradicional del México norteño. Creemos en el amor romántico, aun no se han dado cuenta que el amor se construye, que no se impone ni se hereda. 

Por eso no me parece tan fuera de realidad la película "J'ai tué ma mère" donde un chiquillo canadiense llega a odiar a su madre, aunque después se siente culpable por hacerlo. No estamos obligados a amar a nadie, no tenemos que hacerlo por el simple hecho de estar emparentados. Si no ha habido suficiente interacción, si la persona no despierta en ti nuevos sentimientos, si no te hace ser diferente por ella, no es amor... Muchos caemos en ese error, damos por hecho que debe haber amor y lo forzamos, sin entender que el amor filial también se construye y no nos llega como imposición.

Son pocos los familiares con los que he pasado la barrera de ser simples fotografías, la mayoría primos... y la verdad algunas veces dudo ente contemplaros íntegramente o dejar que sigan como fotos y guardarlos en una caja en el fondo de un cuarto obscuro.



lunes, 11 de junio de 2012

El arte es garantía de salud

Me di cuenta que era, o soy (esa línea aun no esta bien trazada) un chico con problemas emocionales, alguien tal vez con buen porte y de aires regios. Al que le costaba poner en contacto sus ideas, su alma, su sentir: lo impalpable y etéreo; con esta armadura que me dieron, está máquina que efectúa acciones en los físico y material, mi cuerpo: la existencia.

Es por eso que me fue tan fácil escribir. Dejar impregnado sobre el papel o la pantalla lo que pensaba y sentía, y de paso lograr que otros se vieran envueltos en ello. La escritura funcionó como una válvula de escape, de ese ser racional y práctico. Por eso los escritos tan pasionales, tan finamente escritos,  la precisión de los sentimientos, todo volcado con gran intensidad. De no haber sido así hubiera terminado neurótico. Al fin y al cabo eran producto de una emotividad exacerbada, maltrecha y reprimida que luchaba por ser escuchada, por ver la luz. Algunas veces después de escribir me sentía como si acabara de  vomitar y al final respiraba aliviado

Pero ahora vivo mis emociones, o al menos lo intento, y ya no escribo tanto. Aunque mi testa siga ideando  situaciones, imaginando, fantaseando para hacer la vida menos aburrida y poder sobrellevar este clima seco y caluroso que a veces me asfixia.

Hoy quiero ser el personaje de un relato, vivir en un libro; dejar a mis amigos y familia descritos en hojas amarillentas; agregar nuevos personajes y situaciones;  escribir el boceto de mi vida.  Ser el guión de una película independiente con las locaciones en  toda la región, recortada y editada, haciendo una sola y gran ciudad imaginaria; donde pasearíamos de la mano, donde celebraría con los amigos la vida, donde te encontraría y nos volveríamos a perder.

Escribirme a mi mismo, imprimir letras en todo mi cuerpo y que estas se desborden; que por el lecho seco del río vuelvan a correr ahora las palabras; que del cielo lluevan letras; que la laguna tantos años vacía se llene de historias.






viernes, 8 de junio de 2012

La disputa

A Bernardo le enseñaron que el culo de un hombre no se toca, que su culo era intocable. Por eso cuando a su novia Raquel se le ocurrió querer jugar con él en pleno acto sexual, la pasión del momento se desvaneció y éste casi la avienta del viejo futón en el que estaban.

A él no le cabía... en la cabeza a que hombre, hombre -los maricas no contaban- le gustaría que le metieran algo en el culo, y menos que a su novia se le ocurriera semejante atrocidad. Si bien Raquel era mujer de ciudad y el hombre de campo, y sus ideologías y maneras de ver la vida parecían contrarias y muchas veces chocaban, esto era el colmo.  Podía tolerar sus ideas y hasta estar de acuerdo con algunas, pero que intentara meterle los dedos por el culo, le resultaba intolerable.

A Raquel que era mujer terca, no le ofendió tanto el hecho de que su novio se negara a tal petición -poco le importaba este juego en la cama. Lo que le molestó fue el hecho de que su novio se mostrara tan estrecho... de mente. Así que decidió emprender una batalla sin duda de que la ganaría, pues era alguien acostumbrada a obtener siempre lo que quiere, y se nego rotundamente a tener sexo con Bernardo hasta que él no se dejara dar por el culo.

Las primeras tres semanas para él fueron llevaderas, pero para la cuarta decidió dejar de tener contacto sexual con Raquel, pues ella jugaba sucio y al momento en que él intentaba avanzar más, ella se negaba recordandole su propuesta, a la que él inmediatamente rechazaba.

Ante eso, a Bernardo no le quedaba más que ir al baño y hacerse justicia por su propia mano. Así duró tres meses hasta que llego al punto en que le era imposible vivir de la chaqueta. Y como era hombre integro, ni por la mente le pasaba el serle infiel a su amada.

Después de una plática seria y los ruegos de él por tener un poco de sexo,  aunque fuera "una mamada por caridad". La actitud de Raquel no cambiaba ni se le veía titubear. Incluso cuando Bernardo le dijo que si no tenían sexo y se olvidaba de ese tema la dejaría -al mas puro estilo chantajista- Raquel se mostró firme.

Vencido por la desesperación y las ganas de follar, Bernardo accedió a que su virilidad fuera quebrantada y su novia le metiera un dedo -y sólo uno- el indice de la mano izquierda -pues dicen esta mano es mas delgada-.

Llegando la noche acordada, Bernardo sólo pidió que antes del acto se le concediera tomarse unas cervezas y un tequila pa' agarrar valor. Ya entonado y prendido por tanta energía sexual que había acumulado durante tantas noches de celibato, cuando Raquel comenzó a acercarse peligrosamente, él ni respingo. Y habiendo cumplido lo pactado ni siquiera se volvió a tocar el tema, ni el culo de él, y ambos se dedicaron a gozar del placer que tanto tiempo se habían negado.

De allí en más recuperaron el ritmo normal, una o dos veces entre semana y un mañanero los sábados o domingos, olvidando el tema por completo. Hasta  un día en que Raquel llegó temprano al apartamento de ambos e intentando sorprender a su novio, se topó con un Bernardo muy entretenido jugando con el mayor de los dildos que ella guardaba en el fondo de su clóset.



jueves, 10 de mayo de 2012

Redes sociales









Esta falsa necesidad de contarlo todo, 
decirlo todo, 
mostrarlo todo; 
¡cómo si al mundo le importara un carajo!


Solo demuestra nuestra soledad, 
nuestra separatividad, 
nuestra individualidad. 
Gritando al vacío esperando escuchar el eco.

























martes, 8 de mayo de 2012

Tolvanera

A veces sucede que quiero escribir, pero no puedo. Y no es debido a la falta de temas, siempre hay una idea que me suena en la cabeza, siempre una pequeña historia que imagino mientras viajo entre las sacudidas del camión o cuando estoy en la cama antes de dormir.

Me han dado ganas de escribir sobre mis terapias y el terapeuta que me canta pedazitos de canción de Silvio Rodríguez; sobre el chico intenso de la facu que se lanza vorazmente sobre mis huesitos; sobre como he visto que las parejas se mienten en las relaciones. Contar que estoy en un proceso de autodescubrimiento; los viajes que he realizado; las salidas y los amigos; que ya no me enamoro "tanto" como antes; las cosas pequeñas de mi cotidianeidad; que tengo ganas de beber vino tinto en buena compañía.Del calor que hace en estas tierras; de las campañas electorales.Sobre esa cancioncita que me hace feliz.

La verdad es que muchas veces no encuentro la manera de hacerlo, no se como continuar escribiendo o algo que me inspire a hacerlo. Me dan ataques de animo nihilista y ni quien me saque. Sigo igual de voluble que antes, pero ahora soy consciente de muchas cosas más. Trabajo a diario, incluso sin damre cuenta, en tratar de  cambiar y estar mejor conmigo mismo.

Pero no sé si fue el hecho de sentirme descubierto, o que me estoy enfocando más a mi mismo de otra manera, o que sea una de esas etapas que nos llegan a todos. El chiste es que no puedo escribir como antes, aunque en mi siga viva la ilusión de seguir escribiendo hasta el final.

Por el momento siento que me encuentro en medio de esas tolvaneras desérticas que de cuando en cuando llegan a la ciudad, y el aire se satura de tierra y te obliga a cerrar los ojos, y los arboles se agitan y los mas viejos caen y la gente corre a quitar la ropa y cerras las puertas y ventanas de las casas, y rugue el viento en tus oídos... hasta que todo pasa, y abres los ojos y vez el cielo azul y sin nubes. Y sigues delante por la calle, por la vida, con el sol en la testa y unas gotas de sudor en el pecho, hasta que llegue otra tolvanera que mueva todo.