lunes, 13 de agosto de 2012

III Aniversario

Siempre me pasa desapercibido el aniversario del blog. La primera entrada es del 5 de Agosto, pero revisando, creo que hasta el 14 de Agosto comencé a escribir bien, por la tanto puede que este año no este tan retrasado para escribir al respecto.
Creo que es importante escribir sobre este acontecimiento porque este es un espacio en que he invertido mucho tiempo y que me ha servido de gran ayuda. Fue hace 3 años que un chico de 18 comenzaba a escribir después de un verano excitante y delirante que había dejado tantas sensaciones marcadas en la piel joven. Hoy las cosas han cambiado mucho y me puedo dar cuenta que no escribo igual que ayer, lo cual advierto pues al volver a leerme, debo reconocer que los primeros post me parecen realmente malos. Pero esa es de las grandes cosas que me ha devuelto esta especie de diario virtual. A lo largo de estos tres años he visto como voy cambiando, y los lectores más viejos también lo habrán notado. Vuelvo la vista hacía atrás con cada entrada vieja y me doy cuenta que definitivamente no soy el mismo. Sin querer pecar de soberbio y para no cubrirme de una falsa modestia, creo que mi estilo a mejorado mucho. A base de lecturas y de escribir, siempre escribir. Aunque lo haga con menor frecuencia, creo que la calidad de los escritos es mejor. Tal vez en ese aspecto se refleje la madurez de este adolescente promedio mexicano.
Antes contaba lo que me pasaba a diario, ahora no es tan importante el exterior, como lo son las ideas y los cambios internos que tengo.
 He escrito aquí sobre lo experimentado a los 18, a los 19, a los 20 y ahora a los 21. He escrito sobre el amor de juventud, sobre el desamor; sobre mi último gran amor; sobre la guerra en la que seguimos inmersos y que sigue cobrando su cuota de sangre; sobre las perdidas; amores; enfermedades; muertes y nacimientos; los amigos y los familiares... al releer no me puedo creer que hayan pasado años desde que lo escribí y todo es un remolino con personajes que aun siguen y algunos que ya se fueron. Y claro los blogueros que parece que desde siempre han estado, aunque debo decir que muchos ya se fueron de este lugar virtual.
Hoy me siento feliz y me propongo seguir escribiendo, para que me lean muchos, para que me lean pocos, para que nadie me lea... para mantener la cordura y después perderle en los escritos, porque me hace feliz, porque me desahogo y porque sigo vivo!
Porque toda creación humana es siempre canto de vida, muestra de que aquí estuvimos. Aun lo que hiere, lo que mata y destruye es el sonido que el ser humano dejará para la eternidad.




jueves, 2 de agosto de 2012


La terapia me ha hecho ir hacia dentro, caer en el ensimismamiento. Al principio fue divertido, saberse el poseedor de un secreto interno. La sonrisa de superioridad que se dibuja en los cuadros de Da Vinci.  Con las manos hago un cofrecito y al separar los dedos pulgares miro hacia dentro lo que a nadie le dejare ver. Nadie sabe porque sonrío, nadie es dueño de mis pasos, ni de mis desapariciones. Me mantengo allí pero siempre alejado, donde sólo yo sé estar, poco a poco me convierto yo también en un secreto. Soy un laberinto Borgiano, que a veces camino en la oscuridad de mi propio ser. Doy vueltas, dos, tres, cuatro, cinco... pero a cada una descubro algo nuevo, otra forma de afrontar las cosas.
A veces odio todo y a todos, me descubro vanidoso y me asusta un poco. Me sobreinformo con las redes sociales y me da asco, me da ganas de vomitar y mandar todo eso que no necesito saber a la chingada. Cerrar todo y desaparecer del ciberespacio, no tener 20 notificaciones diarias, no ver todo, no asquearme, no fastidiarme, no odiar solo porque puedo hacerlo, no sobreexplotar el sentimiento, “Querido Alberto” de Los Punsetes.
El día me pasa entre el sudor de la hora y media de gimnasio, las hojas de los libros prestados llenos de cuentos latinoamericanos y el sonido de las películas francófonas que tanto me gustan.
El último pretendiente parece pajarito, con unos ojos dormilones.
Salimos por las calles de esta ciudad-desierto a gritar, a tratar de desempolvar las cosas. Con el sol ardiente sobre la testa y las gafas de sol puestas. Nuestras manos aferradas a la esperanza. En una región donde hace calor la mayor parte del año y la lluvia que cae es casi nula, es difícil hacer una primavera. A veces me llega la duda de lo imprevisible, me contagio del sopor que todos experimentamos entre las 4 y 6 de la tarde, y del que algunos nunca han salido. Pero tantas manos trabajando, tantas voces que se hace una sola, me han dejado gratas experiencias. Guardo en un atlas viejo que conservo de la infancia, los que algún día serán souvenirs de juventud: Panfletos informativos, carteles, trípticos, la foto que salió en el periódico donde marchamos mi hermana y yo, cacerola y pancarta en manos. Espero algún día de viejos verla junto con otras fotos y decir: “mira, cuando éramos jóvenes y teníamos ganas, cuando creíamos en algo”. Yo me siento feliz con las marchas, y me lleno de energía cuando vamos cientos de personas hacia una misma dirección, y se me enchina la piel cuando sucede ese mágico momento, en que siento que todo el mundo calla para oírnos y nuestras cientos de voces se hacen una. No lo hago por gloria, de hecho a veces llego a cuestionarme porque lo hago. Tal vez ni yo crea en todo lo que pregonamos, ni crea en el cambio de este sistema podrido, que con sus manos huesudas de viejo agonizante se aferra y nos rasga, nos hace daño. Lo hago porque me siento bien haciéndolo, trabajando, esforzándome aunque sea un mínimo. Porque tengo la necesidad de hacer y sentirme parte de este capítulo en la historia. Me gustan las reuniones en las plazas públicas, identificarme con los compañeros, sentarnos bajo la sobre del arbolote, reunirnos en alguna casa y reír, compartir nuestras vidas tan diferentes por un ratito.
El aleteo amarillo en una jaulita rojo corazón, que encierra el canto del amor de juventud. Dos fantasmas juguetean en el patio, son niños con barbas largas y cejas blancas de anciano que se corretean. El verde de las hojas que toman el sol y que yo veo cambiar, nacer y marchitarse.
Al final siento que estoy en un sueño y tengo más miedo de que se vuelva eterno, a que llegue a su fin y tenga que despertar con los ojos adoloridos de tanto dormir.