jueves, 21 de junio de 2012

Las fotografías de la casa

Recuerdo mucho la sala de la casa de los abuelos en la niñez. Era el mejor sitio para estar sólo, pues los niños siempre estábamos en el patio jugando y los adultos llenaban el comedor y la cocina. A la sala sólo se le presta atención un día al año, en diciembre cuando mi abuela hace rosario y tamales e invita a todas sus amistades.

Recuerdo sus sillones estilo francés con tapiz de flores aterciopeladas; las ventanas rojas de madera que daban a la calle y sus vidrios esmerilados; algunos adornos con estilo oriental sobre las mesitas en el rincón. La pintura de hace más de un siglo y medio de la virgen, imponente pero igualmente protector y maternal, que era el centro de la habitación. 

Me recuerdo de niño y vuelvo a sentir mis pies colgando de los sillones y el terciopelo de estos contra mi piel, viendo pasar la tarde  de domingo; el sol que se filtraba primero entre las hojas de los árboles y después por los barrotes de la ventana abierta de par en par. Era un buen refugio en invierno, tumbarse en los sillones a esperar que el sol entrara por la ventana y te calentara.

En las paredes de la sala también esta la historia de la familia. Están las fotos de boda de los bisabuelos, de los abuelos y de cada una y uno de los hijos de la abuela. Fotos de momentos importantes, de quienes ya se fueron, de los que alguna vez fueron familia y ya no lo son... todos enmarcado en madera y muy sonrientes para la cámara.

En el comedor hay una vitrina que dentro guarda los tesoros de la abuela: vajilla, recuerdos, botellitas de vinos y cognac, cartas, documentos... y pegadas en los vidrios, fotos de todos los nietos y bisnietos. Ahora somos tantos que prácticamente ya no se ve el interior y por fuera relucen todas las caras infantiles y sonrientes.

Las paredes del cuarto de los abuelos, que es uno sólo y muy largo, también guarda a la familia, parientes lejanos, un día de pesca, la abuela de niña junto a su hermano, una foto de mi madre de niña junto a su hermano mayor, primeras comuniones, retratos a blanco y negro.

Pero últimamente me di cuenta que las fotografías no cuelgan sólo de la pared, las fotografías andan por toda la casa, sobre todo cuando es cumpleaños de alguien o es algún día feriado. Cambian de ropa y de humor, de estilos de peinado, engordan, adelgazan, les salen arrugas.

Porque todos en esa familia somos fotografías, somos vistos como seres con una sola faz. Reproduciendo el sistema de familia tradicional, unidad, amor incondicional (e incomprensible), apoyo, buenas costumbres, patriarcado,  bien presentables todos. Somos fotos de papel y temo que nadie quiere ir mucho más allá de la sonrisa eterna.  A veces lo hacen pero con ciertos temas, hay cosas que jamás se tocarán.

No digo que no nos interesemos los unos en los otros, pero es que simplemente no hemos sido educados para pensar en los otros miembros de la familia como seres multidimencionales, universales, y por lo tanto nos cuesta mucho hacernos a la idea que somos personas que cogen, que se deprimen, que piensan, que sienten, que tienen mal de amores,que se preocupan, que pueden consumir drogas, que pueden tener preferencias sexuales diferentes, que pueden desear haber muerto, que lloran, que se divierten, que tienen pasiones, que tienen broncas... que son mucho más que una sola dimensión. Por selección sólo se tratan y se ven algunos temas, otros simplemente se ignoran sesgando la vida de cada uno, viendo sólo lo que se desea ver.

Inculcan el amor a la familia como si este fuera a darse inmediatamente, como si los lazos de sangre fueran suficientes como para sentir amor por alguien. No quiero ser injusto, están chapados a la antigua, somos una familia tradicional del México norteño. Creemos en el amor romántico, aun no se han dado cuenta que el amor se construye, que no se impone ni se hereda. 

Por eso no me parece tan fuera de realidad la película "J'ai tué ma mère" donde un chiquillo canadiense llega a odiar a su madre, aunque después se siente culpable por hacerlo. No estamos obligados a amar a nadie, no tenemos que hacerlo por el simple hecho de estar emparentados. Si no ha habido suficiente interacción, si la persona no despierta en ti nuevos sentimientos, si no te hace ser diferente por ella, no es amor... Muchos caemos en ese error, damos por hecho que debe haber amor y lo forzamos, sin entender que el amor filial también se construye y no nos llega como imposición.

Son pocos los familiares con los que he pasado la barrera de ser simples fotografías, la mayoría primos... y la verdad algunas veces dudo ente contemplaros íntegramente o dejar que sigan como fotos y guardarlos en una caja en el fondo de un cuarto obscuro.



lunes, 11 de junio de 2012

El arte es garantía de salud

Me di cuenta que era, o soy (esa línea aun no esta bien trazada) un chico con problemas emocionales, alguien tal vez con buen porte y de aires regios. Al que le costaba poner en contacto sus ideas, su alma, su sentir: lo impalpable y etéreo; con esta armadura que me dieron, está máquina que efectúa acciones en los físico y material, mi cuerpo: la existencia.

Es por eso que me fue tan fácil escribir. Dejar impregnado sobre el papel o la pantalla lo que pensaba y sentía, y de paso lograr que otros se vieran envueltos en ello. La escritura funcionó como una válvula de escape, de ese ser racional y práctico. Por eso los escritos tan pasionales, tan finamente escritos,  la precisión de los sentimientos, todo volcado con gran intensidad. De no haber sido así hubiera terminado neurótico. Al fin y al cabo eran producto de una emotividad exacerbada, maltrecha y reprimida que luchaba por ser escuchada, por ver la luz. Algunas veces después de escribir me sentía como si acabara de  vomitar y al final respiraba aliviado

Pero ahora vivo mis emociones, o al menos lo intento, y ya no escribo tanto. Aunque mi testa siga ideando  situaciones, imaginando, fantaseando para hacer la vida menos aburrida y poder sobrellevar este clima seco y caluroso que a veces me asfixia.

Hoy quiero ser el personaje de un relato, vivir en un libro; dejar a mis amigos y familia descritos en hojas amarillentas; agregar nuevos personajes y situaciones;  escribir el boceto de mi vida.  Ser el guión de una película independiente con las locaciones en  toda la región, recortada y editada, haciendo una sola y gran ciudad imaginaria; donde pasearíamos de la mano, donde celebraría con los amigos la vida, donde te encontraría y nos volveríamos a perder.

Escribirme a mi mismo, imprimir letras en todo mi cuerpo y que estas se desborden; que por el lecho seco del río vuelvan a correr ahora las palabras; que del cielo lluevan letras; que la laguna tantos años vacía se llene de historias.





viernes, 8 de junio de 2012

La disputa

A Bernardo le enseñaron que el culo de un hombre no se toca, que su culo era intocable. Por eso cuando a su novia Raquel se le ocurrió querer jugar con él en pleno acto sexual, la pasión del momento se desvaneció y éste casi la avienta del viejo futón en el que estaban.

A él no le cabía... en la cabeza a que hombre, hombre -los maricas no contaban- le gustaría que le metieran algo en el culo, y menos que a su novia se le ocurriera semejante atrocidad. Si bien Raquel era mujer de ciudad y el hombre de campo, y sus ideologías y maneras de ver la vida parecían contrarias y muchas veces chocaban, esto era el colmo.  Podía tolerar sus ideas y hasta estar de acuerdo con algunas, pero que intentara meterle los dedos por el culo, le resultaba intolerable.

A Raquel que era mujer terca, no le ofendió tanto el hecho de que su novio se negara a tal petición -poco le importaba este juego en la cama. Lo que le molestó fue el hecho de que su novio se mostrara tan estrecho... de mente. Así que decidió emprender una batalla sin duda de que la ganaría, pues era alguien acostumbrada a obtener siempre lo que quiere, y se nego rotundamente a tener sexo con Bernardo hasta que él no se dejara dar por el culo.

Las primeras tres semanas para él fueron llevaderas, pero para la cuarta decidió dejar de tener contacto sexual con Raquel, pues ella jugaba sucio y al momento en que él intentaba avanzar más, ella se negaba recordandole su propuesta, a la que él inmediatamente rechazaba.

Ante eso, a Bernardo no le quedaba más que ir al baño y hacerse justicia por su propia mano. Así duró tres meses hasta que llego al punto en que le era imposible vivir de la chaqueta. Y como era hombre integro, ni por la mente le pasaba el serle infiel a su amada.

Después de una plática seria y los ruegos de él por tener un poco de sexo,  aunque fuera "una mamada por caridad". La actitud de Raquel no cambiaba ni se le veía titubear. Incluso cuando Bernardo le dijo que si no tenían sexo y se olvidaba de ese tema la dejaría -al mas puro estilo chantajista- Raquel se mostró firme.

Vencido por la desesperación y las ganas de follar, Bernardo accedió a que su virilidad fuera quebrantada y su novia le metiera un dedo -y sólo uno- el indice de la mano izquierda -pues dicen esta mano es mas delgada-.

Llegando la noche acordada, Bernardo sólo pidió que antes del acto se le concediera tomarse unas cervezas y un tequila pa' agarrar valor. Ya entonado y prendido por tanta energía sexual que había acumulado durante tantas noches de celibato, cuando Raquel comenzó a acercarse peligrosamente, él ni respingo. Y habiendo cumplido lo pactado ni siquiera se volvió a tocar el tema, ni el culo de él, y ambos se dedicaron a gozar del placer que tanto tiempo se habían negado.

De allí en más recuperaron el ritmo normal, una o dos veces entre semana y un mañanero los sábados o domingos, olvidando el tema por completo. Hasta  un día en que Raquel llegó temprano al apartamento de ambos e intentando sorprender a su novio, se topó con un Bernardo muy entretenido jugando con el mayor de los dildos que ella guardaba en el fondo de su clóset.