jueves, 22 de marzo de 2012

Caracas sin agua


Como parte de los festejos por el Día internacional del agua, el miércoles 21 asistí a la Conferencia titulada, “El agua en la literatura” El análisis literario giró en torno a dos obras latinoamericanas: “Nos han dado la tierra” del mexicano Juan Rulfo y “Caracas sin agua” del colombiano García Márquez. La primera es un cuento que forma parte del mítico “Llano en Llamas” y aunque había tenido oportunidad de leerla con anterioridad, esta vez Muñoz tuvo a bien resaltar la importancia que juega el agua en dicho cuento, o mejor dicho la ausencia de esta.  Al terminarlo de leer uno no puede más que sentirse seco, seco y asoleado. Me imagine parte de ese pequeño grupo de ejidatarios que caminan por el Llano Grande y se me antojó que la escena bien puede representarse en el paisaje lagunero.

Sin embargo la obra que capto mi atención fue ese hibrido mitad cuento mitad crónica titulada “Caracas sin agua”, un texto encantador, porque encanta desde la primera línea. En el con su estilo tan personal, un joven Gabo nos narra los acontecimientos del 58 en Venezuela, donde se vive la escases de agua, desde la perspectiva de un ingeniero Alemán. Como digo, de manera magistral esta crónica describe al lector los acontecimientos colectivos desde una mirada individual. Una crónica que bien podría ser un cuento, lleva el sello del realismo mágico que se vive en nuestra América Latina.

Además sirve de invitación a la reflexión, sobre todo a nosotros habitantes de esta laguna seca, de este desierto exportador de agua (transformado en leche). En el cual, como la señora embutida en la bata de seda con flores rojas,  seguiremos sembrando alfalfa, seguiremos desperdiciándola, seguiremos sembrando árboles exóticos y regándolos “mientras haya agua”…

A continuación dejo el texto completo.


Caracas sin agua
Después de escuchar el boletín radial de las 7 de la mañana, Samuel Burkart, un ingeniero alemán que vivía solo en un pent-house de la avenida Caracas, en San Bernardino, fue al abasto de la esquina a comprar una botella de agua mineral para afeitarse. Era el 6 de junio de 1958. Al contrario de lo que ocurría siempre desde cuando Samuel Burkart llegó a Caracas, 10 años antes, aquella mañana de lunes parecía mortalmente tranquila. De la cercana avenida Urdaneta no llegaba el ruido de los automóviles ni el estampido de las motonetas. Caracas parecía una ciudad fantasma. El calor abrasante de los últimos días había cedido un poco, pero en el cielo alto, de un azul denso, no se movía una sola nube. En los jardines de las quintas, en el islote de la Plaza de la Estrella, los arbustos estaban muertos. Los árboles de las avenidas, de ordinario cubiertos de flores rojas y amarillas en esa época del año, extendían hacia el cielo sus ramazones peladas.
Samuel Burkart tuvo que hacer cola en el abasto para ser atendido por los dos comerciantes portugueses que hablaban con la clientela de un mismo tema, el tema único de los últimos cuarenta días que esa mañana había estallado en la radio y en los periódicos como una explosión dramática: el agua se había agotado en Caracas. La noche anterior se habían anunciado las drásticas restricciones impuestas por el INOS a los últimos 100.000 metros cúbicos almacenados en el dique de La Mariposa. A partir de esa mañana, como consecuencia del verano más intenso que había padecido Caracas después de 79 años, había sido suspendido el suministro de agua. Las últimas reservas se destinaban a los servicios estrictamente esenciales. El gobierno estaba tomando desde hacía 24 horas disposiciones de extrema urgencia para evitar que la población pereciera víctima de la sed. Para garantizar el orden público se habían tomado medidas de emergencia que las brigadas cívicas constituidas por estudiantes y profesionales se encargarían de hacer cumplir.
Las ediciones de los periódicos reducidas a cuatro páginas, estaban destinadas a divulgar las instrucciones oficiales a la población civil sobre la manera como debía proceder para superar la crisis y evitar el pánico.
A Burkart no se le había ocurrido una cosa: sus vecinos tuvieron que preparar el café con agua mineral, le anunció que la venta de jugos de frutas y gaseosas estaba racionada por orden de las autoridades. Cada cliente tenía derecho a una cuota límite de una lata de jugo de fruta y una gaseosa por día, hasta nueva orden. Burkart compró una lata de jugo de naranja y se decidió por una botella de limonada para afeitarse. Sólo cuando fue a hacerlo descubrió que la limonada corta el jabón y no produce espuma. De manera que declaró definitivamente el estado de emergencia y se afeitó con jugo de duraznos.
Primer anuncio de cataclismo: Una señora riega el jardín
Con su cerebro alemán perfectamente cuadriculado y sus experiencias de guerra, Samuel Burkart sabía calcular con la debida anticipación el alcance de una noticia. Eso era lo que había hecho, tres meses antes, exactamente el 26 de marzo, cuando leyó en un periódico la siguiente información: “En La Mariposa sólo queda agua para 16 días”.
La capacidad normal del dique de La Mariposa, que surte de agua a Caracas es de 9.500.000 metros cúbicos. En esa fecha a pesar de las reiteradas recomendaciones del INOS para que se economizara el agua, las reservas estaban reducidas a 5.221.854 metros cúbicos. Un meteorólogo declaró a la prensa, en una entrevista no oficial que no llovería antes de junio. Pocas semanas después el suministro de agua se redujo a una cuota que era ya inquietante, a pesar de que la población no le dio la debida importancia: 130.000 metros cúbicos diarios.
Al dirigirse a su trabajo, Samuel Burkart saludaba a una vecina que se sentaba en su jardín desde las 8 de la mañana a regar la hierba. En cierta ocasión le habló de la necesidad de economizar agua. Ella, embutida en una bata de seda con flores rojas, se encogió de hombros. “Son mentiras de los periódicos para meter miedo —replicó—. Mientras haya agua yo regaré mis flores.” El alemán pensó que debía dar cuenta a la policía, como lo hubiera hecho en su país, pero no se atrevió porque pensaba que la mentalidad de los venezolanos era completamente distinta de la suya. A él también le había llamado la atención que las monedas en Venezuela son las únicas que no tienen escrito su valor y pensaba que aquello podía obedecer a una lógica inaccesible para un alemán. Se convenció de eso cuando advirtió que algunas fuentes públicas, aunque no las más importantes, seguían funcionando cuando los periódicos anunciaron, en abril, que las reservas de agua descendían a razón de 150.000 metros cúbicos cada 24 horas. Una semana después se anunció que se estaban produciendo chaparrones artificiales en las cabeceras del Tuy —la fuente vital de Caracas— y que eso había ocasionado un cierto optimismo en las autoridades. Pero a fines de abril no había llovido. Los barrios pobres quedaron sin agua. En los barrios residenciales se restringió el agua a una hora por día. En su oficina, como no tenía nada que hacer, Samuel Burkart utilizó su regla de cálculo para descubrir que si las cosas seguían como hasta entonces habría agua hasta el 22 de mayo. Se equivocó, tal vez por un error en los datos publicados en los periódicos. A fines de mayo el agua seguía restringida, pero algunas amas de casa insistían en regar sus matas. Incluso en un jardín, escondido entre los arbustos, vio una fuente minúscula, abierta durante la hora en que se suministraba el agua. En el mismo edificio donde él vivía, una señora se vanagloriaba de no haber prescindido de su baño diario en ningún momento. Todas las mañanas recogía agua en todos los recipientes disponibles. Ahora, intempestivamente, a pesar de que había sido anunciada con la debida anticipación, la noticia estallaba a todo lo ancho de los periódicos. Las reservas de La Mariposa alcanzaban para 24 horas. Burkart que tenía el complejo de la afeitada diaria, no pudo lavarse ni siquiera los dientes. Se dirigió a la oficina, pensando que tal vez en ningún momento de la guerra, ni aun cuando participó en la retirada del Africa Korp, en pleno desierto, se había sentido de tal modo amenazado por la sed.
En las calles, las ratas mueren de sed. El gobierno pide serenidad
Por primera vez en 10 años, Burkart se dirigió a pie a su oficina, situada a pocos pasos del Ministerio de Comunicaciones. No se atrevió a utilizar su automóvil por temor a que se recalentara. No todos los habitantes de Caracas fueron tan precavidos. En la primera bomba de gasolina que encontró había una cola de automóviles y un grupo de conductores vociferantes, discutiendo con el propietario. Habían llenado sus tanques de gasolina con la esperanza que se les suministrara agua como en los tiempos normales. Pero no había nada que hacer. Sencillamente no había agua para los automóviles. La avenida Urdaneta estaba desconocida: no más de 10 vehículos a las 9 de la mañana. En el centro de la calle, había unos automóviles recalentados, abandonados por los propietarios. Los bares y restaurantes no abrieron sus puertas. Colgaron un letrero en las cortinas metálicas: “Cerrado por falta de agua”. Esa mañana se había anunciado que los autobuses prestarían un servicio regular en las horas de mayor congestión. En los paraderos, las colas tenían varias cuadras desde las 7 de la mañana. El resto de la avenida un aspecto normal, con sus aceras, pero en los edificios no se trabajaba: todo el mundo estaba en las ventanas. Burkart preguntó a un compañero de oficina, venezolano, qué hacía toda la gente en las ventanas, y él le respondió:—Están viendo la falta de agua.
A las 12, el calor se desplomó sobre Caracas. Sólo entonces empezó la inquietud. Durante toda la mañana, camiones del INOS con capacidad hasta para 20.000 litros repartieron agua en los barrios residenciales. Con el acondicionamiento de los camiones cisternas de las companías petroleras, se dispuso de 300 vehículos para transportar agua hasta la capital. Cada uno de ellos, según cálculos oficiales, podía hacer hasta 7 viajes al día. Pero un inconveniente imprevisto obstaculizó los proyectos: las vías de acceso se congestionaron desde las 10 de la mañana. La población sedienta, especialmente en los barrios pobres, se precipitó sobre los vehículos cisternas y fue preciso la intervención de la fuerza pública para restablecer el orden. Los habitantes de los cerros, desesperados, seguros de que los camiones de abastecimiento no podían llegar hasta sus casas, descendieron en busca de agua. Las camionetas de las brigadas universitarias, provistas de altoparlantes, lograron evitar el agua. A las 12.30 el Presidente de la Junta de Gobierno, a través de la Radio Nacional, la única cuyos programas no habían sido limitados, pidió serenidad a la población, en un discurso de 4 minutos. En seguida, en intervenciones muy breves, hablaron los dirigentes políticos, un representante del Frente Universitario y el Presidente de la Junta Patriótica. Burkart, que había presenciado la revolución popular contra Pérez Jiménez, cinco meses antes, tenía una experiencia: el pueblo de Caracas es notablemente disciplinado. Sobre todo, es muy sensible a las campañas coordinadas de radio, prensa, televisión y volantes. No le cabía la menor duda de que ese pueblo sabría responder también a aquella emergencia. Por eso lo único que le preocupaba en ese momento era su sed. Descendió por las escaleras del viejo edificio donde estaba situada su oficina y en el descanso encontró una rata muerta. No le dio ninguna importancia. Pero esa tarde cuando subió al balcón de su casa a tomar fresco después de haber consumido un litro de agua que le suministró el camión cisterna que pasó por su casa a las 2, vio un tumulto en la Plaza de la Estrella. Los curiosos asistían a un espectáculo terrible: de todas las casas, salían animales enloquecidos por la sed. Gatos, perros, ratones, salían a la calle en busca de alivio para sus gargantas resecas. Esa noche a las 10, se impuso el toque de queda. En el silencio de la noche ardiente sólo se escuchaba el ruido de los camiones del aseo, prestando un servicio extraordinario: primero en las cali y luego en el interior de las casas, se recogían los cadáver de los animales muertos de sed.
Huyendo hacia Los Teques. Una multitud muere de insolación
48 horas después de que la sequía llegó a su puntó culminante, la ciudad quedó completamente paralizada. El gobierno de los Estados Unidos envió, desde Panamá, un convoy de aviones cargados con tambores de agua. Las Fuerzas Aéreas Venezolanas y las compañías comerciales, que prestan servicio en el país, sustituyeron sus actividades normales por un servicio extraordinario de transporte de agua. Los aeródromos de Maiquetía y La Carlota fueron cerrados al tráfico internacional y destinados exclusivamente a esa operación de emergencia. Pero cuando se logró organizar la distribución urbana, el 30% del agua transportada se había evaporado a causa del calor intenso. En las Mercedes y en Sabana Grande, la policía incautó, el 7 de junio en la noche, varios camiones piratas, que llegaron a vender clandestinamente el litro de agua hasta a 20 bolívares. En San Agustín del Sur, el pueblo dio cuenta de otros dos camiones piratas, y repartió su contenido, dentro de un orden ejemplar, entre la población infantil. Gracias a la disciplina y el sentido de solidaridad del pueblo, en la noche del 8 de junio no se había registrado ninguna víctima de la sed. Pero desde el atardecer, un olor penetrante invadió las calles de la ciudad. Al anochecer, el olor se había hecho insoportable. Samuel Burkart descendió a la esquina con la botella vacía, a las 8 de la noche, e hizo una ordenada cola de media hora para recibir su litro de agua de un camión sisterna conducido por boy-scouts. Observó un detalle: sus vecinos, que hasta entonces habían tomado las cosas un poco a la ligera, que habían procurado convertir la crisis en una especie de carnaval, empezaban a alarmarse seriamente. En especial a causa de los rumores. A partir de mediodía, al mismo tiempo que el mal olor, una ola de rumores alarmistas se habían extendido por todo el sector. Se decía que a causa de la terrible sequedad, los cerros vecinos, los parques de Caracas, comenzaban a incendiarse. No habría nada que hacer cuando se desencadenara el fuego. El cuerpo de bomberos no dispondría de medios para combatirlo. Al día siguiente, según anuncio de la Radio Nacional, no circularían periódicos. Como las emisoras de radio habían suspendido sus emisiones y sólo podían escucharse tres boletines diarios de la Radio Nacional, la ciudad estaba, en cierta manera, a merced de los rumores. Se transmitían por teléfono y en la mayoría de los casos eran mensajes anónimos.
Burkart había oído decir esa tarde que familias enteras estaban abandonando a Caracas. Como no habían medios de transporte el éxodo se intentaba a pie, en especial hacia Maracay. Un rumor aseguraba que esa tarde, en la vieja carretera de Los Teques, una muchedumbre empavorecida que trataba de huir de Caracas había sucumbido a la insolación. Los cadáveres expuestos al aire libre, se decía, eran el origen del mal olor. Burkart encontraba exagerada equella explicación, pero advirtió que, por lo menos en su sector, había un principio de pánico.
Una camioneta del Frente Estudiantil se detuvo junto al camión cisterna. Los curiosos se precipitaron hacia ella, ansiosos de confirmar los rumores. Un estudiante subió a la capota y ofreció responder, por turnos, a todas las preguntas. Según él, la noticia de la muchedumbre muerta en la carretera de Los Teques era absolutamente falsa. Además, era absurdo pensar que ese fuera el origen de los malos olores. Los cadáveres no podían descomponerse hasta ese grado en cuatro o cinco horas. Se aseguró que los bosques y parques estaban colaborando en una forma heroica y que dentro de pocas horas llegaría a Caracas, procedente de todo el país, una cantidad de agua suficiente para garantizar la higiene. Se rogó transmitir por teléfono estas noticias, con la advertencia de que los rumores alarmantes eran sembrados por elementos perezjimenistas.
En el silencio total, falta un minuto para la hora cero
Samuel Burkart regresó a su casa con un litro de agua a las 6.45, con el propósito de escuchar el boletín de la Radio Nacional, a las 7. Encontró en su camino a la vecina que, en abril, aún regaba las flores de su jardín. Estaba indignada contra el INOS, por no haber previsto aquella situación. Burkart pensó que la irresponsabilidad de su vecina no tenía límites.—La culpa es de la gente como usted, dijo, indignado. El INOS pidió a tiempo que se economizara el agua. Usted no hizo caso. Ahora estamos pagando las consecuencias.
El boletín de la Radio Nacional se limitó a repetir las informaciones suministradas por los estudiantes. Burkart comprendió que la situación estaba llegando a su punto crítico. A pesar de que las autoridades trataban de evitar la desmoralización, era evidente que el estado de cosas no era tan tranquilizador como lo presentaban las autoridades. Se ignoraba un aspecto importante: la economía. La ciudad estaba totalmente paralizada. El abastecimiento había sido limitado y en las próximas horas faltarían los alimentos. Sorprendida por la crisis, la población no disponía de dinero efectivo. Los almacenes, las empresas, los bancos, estaban cerrados. Los abastos de los barrios empezaban a cerrar sus puertas a falta de surtido: las existencias habían sido agotadas. Cuando Burkart cerró el radio comprendió que Caracas estaba llegando a su hora cero.
En el silencio mortal de las 9 de la noche, el calor subió a un grado insoportable, Burkart abrió puertas y ventanas pero se sintió asfixiado por la sequedad de la atmósfera y por el olor, cada vez más penetrante. Calculó minuciosamente su litro de agua y reservó cinco centímetros cúbicos para afeitarse el día siguiente. Para él, ese era el problema más importante: la afeitada diaria. La sed producida por los alimentos secos empezaba a hacer estragos en su organismo. Había prescindido, por recomendación de la Radio Nacional de los alimentos salados. Pero estaba seguro de que el día siguiente su organismo empezaría a dar síntomas de desfallecimiento. Se desnudó por completo, tomó un sorbo de agua y se acostó boca abajo en la cama ardiente, sintiendo en los oídos la profunda palpitación del silencio. A veces, muy remota, la sirena de una ambulancia rasgaba el sopor del toque de queda. Burkart cerró los ojos y soñó que entraba en el puerto de Hamburgo, en un barco negro, con una franja blanca pintada en la borda, con pintura luminosa. Cuando el barco atracaba, oyó, lejana, la gritería de los muelles. Entonces despertó sobresaltado. Sintió, en todos los pisos del edificio, un tropel humano que se precipitaba hacia la calle. Una ráfaga cargada de agua tibia y pura, penetró por su ventana. Necesitó varios segundos para darse cuenta de lo que pasaba: llovía a chorros.

lunes, 12 de marzo de 2012

Criatura desértica


Ataca con ponzoña como las serpientes. Silencioso y repentino ataque. Es su jodida mañana de no hablar claro. Tenía razón papá cuando le decía que sus ojos eran de víbora. Pero a alguien tiene que atacar, sacar un poquito del odio que guarda para sí misma, no importa si  es extraño o conocido.

Le gusta pasear por entre los cardenches, que con sus espinas en forma de gancho se atoran y  le arrancan pedazitos de piel y carne. Es su masoquismo una forma de suicidio parcial.

Le gusta dañar y que le dañen.

Busca pareja sexual entre la oscuridad y la luz neón  del desierto. Engañosa y seductora se mueve lenta y cadenciosamente lista para ligar. La presa es disfrutada en la actividad sexual y abandonada al instante. Puede ser esta una  forma de alimentarse y de postergar su vida y sufrimiento. Guarda gusto por lo estético,  vano y efímero, lo cual se ve reflejado en la elección de sus presas. Dicen que nunca vuelve a repetir
Siente desdén por la vida y es que no le importa mucho lo mundano, por eso se la pasa mirando por la ventana en dirección hacia el cielo cuando viaja en el camión, con los audífonos en los oídos y la imaginación a kilómetros de allí.

Se ha vuelto la traición constante de vida. Traicionada por amigos, amores  y por ella misma. Desde el momento en que se falló supo que nadie podía volver a respetarle y ha convertido a la traición en estilo de vida. “Traicióname que yo te traicionare”.

Otras veces se recluye en si habitación. Abandona a todos y ella misma. Dedica largas horas a la contemplación y placer propio. Alimaña que se refugia del insoportable calor, corre y se esconde bajo una roca.

No hay el agua suficiente en este yermo paraje para que se vea reflejada en su totalidad, por eso busca verse  reflejada en los ojos ajenos y es solamente allí que puede descubrir su forma y su color.

A veces un pez que nada en esta laguna seca, a veces el pajarillo que canta en el campo yermo, a veces la suculenta altanera que toma el sol en el monte, a veces  una roca milenaria en el cerro. Criatura desértica, hija de la soledad y la insolación, del agua que falta, del sol que sobra, del aire seco, las tolvaneras y el polvo. Tan extremosa como el clima, tan particular como el origen de la región.

martes, 6 de marzo de 2012

La muerte del ave

Murió sin tocar el suelo, como un pájaro victima de la resortera y el buen tino de un niño malicioso.

Todo fue tan rápido, y sin embargo puedo ver cada detalle en mi mente: el camión destartalado que no hace alto total cuando él intentaba apearse; sus pies en sus zapatos viejos de obrero a escasos centímetros  de tocar el suelo. La señora en su carro último modelo color blanco que no lo ve y sigue  de frente. Su cuerpo obeso, proyectado por los aires con la gracia de un guajolote en vuelo. La cabeza estrellada contra el asfalto caliente, como cuando se arroja un huevo.

Murió en el aire y quiero pensar que en alguna cultura eso es señal de algo y que ira directo al paraíso  o reencarnara en ave.


lunes, 5 de marzo de 2012

Cansado de sentirme cansado

(No leer si no se quiere llenar de vibras negativas)

Estoy cansado de sentirme cansado, y no hacer nada en todo el día mas que divagar. Estoy cansado de sentirme enfermo o indispuesto. Estoy cansado de quejarme, de estar descompensado y a la menor provocación querer llorar. Cansado de tener kilos de más. Cansado de no tener las suficientes ganas ni fuerzas para hacer lo que quiero y me corresponde. Cansado de que en la Facultad nada me motive. Cansado de tanto aborrecer. Cansado de intentar en vano sacar fuerzas. Cansado de hacer las cosas por obligación. Cansado de estar solo por las mañanas. Cansado de sentirme/saberme inútil. Cansado de no tener ganas de ver a los amigos. Cansado de quedarme los sábados en casa por no querer salir. Cansado de la rutina. Cansado de querer huir de aquí. Cansado de no saber que será de mi. Cansado de no saber en donde estoy parado. Cansado de perder el tiempo. Cansado de amargar la vida a otros.Cansado de sentirme feliz un día y al otro hundirme. Cansado de tener ganas y terminar sin hacer nada. Cansado de añorar.

El psicólogo, las microdosis, los amigos, los libros, la escritura, son paliativos. Sé muchas cosas, pero no sé como hacerlas..

domingo, 4 de marzo de 2012

Las partes, yo, el todo social

Siempre he creído que hay un modo de hacer las cosas. Por eso me gustan las reglas de etiqueta, la hora del té inglesa, el ritual del mate argentino, la moda: vestir bien, saber que va con qué y lo que nunca se combina.
Creo que todo en esta vida tiene un por qué y un cómo, no hay generación espontanea, si se hace de tal o cual manera es porque obedece a algo mas que mero gusto. Detrás esta toda una historia y un significado.

Tal vez por ser así Acuarela teme que me convierta en un intelectual orgánico* y ayude a perpetuar el orden de cosas existente. Y acepto que puedo ser muy funcionalista y creo en un sistema organizado. Pero el caos también es sistema.

Tal vez por eso soy sociólogo, porque me gustan las reglas. Pero aparte de sociólogo soy gay, y me considero más bien de centro izquierda. Y se puede decir que a  pesar de mi "gusto" por las reglas, nací para romperlas. Y en ese gusto (casi obsesión) por las reglas, y mi persona que me hace romperlas, esta mi vocación y convicción para ser sociólogo, no sólo desacatar por desacatar, sino saber si sirven o son obsoletas, y estudiarlas  ya que la sociedad no funciona sin reglas.Sin embargo, habrá muchas cosas que no me atreva a cambiar, tal vez porque soy romántico y me gusta hacerlo a la "old way". Tal vez porque no soy muy crítico, se lo dije lejos de aquí, que a mi me gustaba su lado crítico. Siempre tiene que haber algo que pueda ser mejorado. Si,  a veces le pueden decir que esta en contra de todo, pero me gusta porque no es conformista.

Yo también me considero complaciente, me gusta dar fiestas y ser el anfitrión, hacer sentir bien a los invitados... organizar, comprar, ofertar que mi casa sea la suya  por un momento, verles disfrutar y estar atento, al final lavar los platos sucios. Mi educación en casa me hizo formarme así, tal vez por eso no me atreva a cambiar o criticar muchas cosas.

Pero también me duele la pobreza y me jode la miseria. Claro que quisiera un mundo diferente, un modelo diferente donde no se fomente la riqueza de pocos y la pobreza de tantos. Donde no se utilice la violencia y no vivamos en este mundo voraz y antropófago, donde el hombre se confunde con la máquina y el paisaje y todo termina siendo explotado y llevado casi al exterminio. Un mundo donde no vendamos el alma al diablo, el hermano al dinero, por un poco de placer.

Ella dice que es antisistema, a mi me parece que sin sistema todo es anarquía y de la desorganización nada sale. "Un nuevo sistema" terminaría siendo impuesto y es el cuento de nunca acabar. Ciertamente no puedo estar de acuerdo con un sistema que esclaviza y genera dolor. Es mi obligación y deber el querer cambiar, lo acepto gustoso, tratar de romper los paradigmas que atan, que duelen, que hieren. El problema es como lograrlo en un mundo social y sin renunciar al bienestar propio.

Será que soy cobarde, o tan contradictorio como el propio sistema, será que soy engendro de esta post-modernidad, será que hay poco hombres realmente revolucionarios, en toda la extensión de la palabra, de esos que rompen con el sistema aunque este caiga en sus cabezas y les hiera y tengan que empezar de cero. Será que no quiero pensar que todo esta jodido. Será que al final simplemente no sé nada